2 de julio de 2026, jueves para más señas, la manada que formamos marido, mujer, perro fiel, perra cariñosa, gata siamesa y un servidor, subimos al poco espacio que queda ya entre tanto equipaje para trasladarnos a un lugar de la Mancha de cuyo nombre sinceramente me trae cada vez más al pairo, para cumplir con el cuidado de suegra que este mes nos corresponde.
Desde
fuera, pareceríamos una de esas familias que viajan buscando el soñado descanso
estival merecido después de un año de trabajos forzados (digo lo de forzados)
porque sin trabajar no se come, que si no fuera así…
No
es mi caso, porque ya llevo unos años en los que mis responsabilidades
laborales dejaron de serlo por obra y gracia de una incapacidad absoluta que me
forzó a parar máquinas y vivir una de esas vidas que mucha gente añora y que
unos llaman jubilación y otros “que le den al curro, que yo ya he trabajado
bastante”.
Así
que aposentados en la casa que nos servirá de morada durante todo este mes y
antes de que un balón eche a rodar con las ilusiones de que España siga
avanzando en el Mundial de fútbol, encuentro un momento para la reflexión, la
escritura y la escucha interior de unos pensamientos y la exterior de una
selección de lo mejor de mis queridos y añorados Dire Straits que hacía tiempo
que no sonaban cerca.
Muchos
serán los que piensen que en mi situación este mes no se puede considerar un
descanso estival o vacacional porque todo el año puedo disfrutar de ese
descanso remunerado sin tener que trabajar; pero como en otras muchas cosas, lo
que piensen los demás puede estar alejado de la realidad que cada uno vive.
Yo
también necesito descansar y quizás del peor lugar de trabajo que se pudiera
imaginar. Ese lugar, soy yo mismo y mis circunstancias; parar y reflexionar,
parar y respirar, parar y andar caminos que por perezas no son habituales en mi
modus vivendi. Es la hora de centrarse en lo realmente importante de la vida,
de ver el mundo exterior haciendo excursiones interiores de rincones que nunca
visité y siempre han estado ahí.
¿Alguna
vez paré para preguntarme? ¿Me he pedido la hora a mí mismo en alguna ocasión? ¿He
escuchado más allá de mis propias conjeturas? ¡Cuántas preguntas buscando
respuestas! ¡Y cuantas respuestas que teniéndolas delante no me hicieron
preguntarme tantas cosas como debiera!
Galimatías
de sopores veraniegos, que me harán entretener la desidia, la pereza, el hastío
de un lugar, de unas gentes que antaño animaron vacaciones de un chaval
enamorado de enamorarse y vivir la vida del adolescente que fue y que hoy
quisiera simular ser.
A
pocos minutos ya de un pitido inicial, yo también me echo a rodar y ojalá mi
victoria sea la de una goleada a la vida que quizás me debo y debo a los míos.

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