A punto de subir a un autobús que me devuelva al encuentro con los míos, debo subir alegre, debo subir feliz porque días de descanso, de lectura, de músicas y quién sabe si algún baile, regados por buenas cervezas y compañía, me esperan a kilómetros de aquí.
Y así debería de ser y así quiero que sea. Pero también, reflexiono por lo que dejo atrás.
Dejo atrás quizás la soledad del amigo enfermo; del otro que quiso marchar al encuentro con su tierra y un mal paso lo impidió; de ese otro que vistiendo de negro, tiene el corazón muy blanco, o de aquel otro que sin dejar de serlo, hace mucho, mucho tiempo, que escondió su amistad.
Dejo también desperdigados amigos, abrazos y risas por arenas, mares y alguna ciudad eterna.
Incluso dejo amigos de letras, de encuentros virtuales, de aficiones compartidas que en este mundo bloguero nos unió.
A todos, mi deseo de lo mejor. Porque lo mejor para vosotros, también lo será para mí.
Subiré a ese autobús con la sensación del deber cumplido y de alegrías por cumplir cuando el reencuentro de un feliz regreso nos lleve a todos a brindar por lo que fue y lo que será.
Hasta pronto.


