Agotado físicamente, cuelgo por última vez una simple mochila y una acreditación que un día me entregaron.
Sólo es una simple mochila sin mucho valor que en un principio contenía una camiseta, un abanico, un crucifijo, un gorro, una cerveza sin alcohol, un evangelio y unos planos de transporte público en Madrid.
Pero esa mochila hoy está repleta de mucho más.
Cuando hace poco más de un mes mi mujer y yo decidimos inscribirnos como voluntarios para la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud, jamás pensé que hoy podría sentirme con la felicidad que en estos momentos siento.
Mi única intención era la de participar como uno más en labores de ayuda informativa o ayuda personal a minusválidos de los miles de peregrinos que se esperaban para este evento. Pero por aquello de que ya tenemos cierta edad, se nos encomendó la misión de ser responsables de acogida en dos colegios públicos de Getafe.
Mi mujer se responsabilizaría de todo aquello que necesitaran unos cien jóvenes peregrinos de Islas Galápagos y Ecuador y en mi caso de cerca de doscientos peregrinos venidos desde Italia.
Debo confesar, que en un principio, esto en cierto modo me asustó. Y aún más al percibir la desorganización y cierto caos logístico para un evento de estas dimensiones. Pero me tranquilicé cuando alguien nos dijo que los españoles somos muy desorganizados, pero que al final todo resultaría un éxito, porque en buena voluntad pocos nos ganan. Y así ha sido.
Han sido días muy duros. Días de dormir y comer poco y mal. Días en los que hemos tenido que soportar estoicamente las burlas, insultos y provocaciones de personas con las que al fin y al cabo sólo me diferencio en una cosa. Que yo les tengo el respeto a ellas que sin embargo ellas no tienen hacia mí.
Ver la cara de un joven italiano mientras se pregunta y me pregunta por qué ha sido abucheado, insultado e incluso escupido por esos “pacíficos” chicos y chicas del movimiento 15M, me hacía sentir mal, con vergüenza ajena y muy dolido por la actitud de lo que yo pensaba hasta ahora que era un movimiento necesario entre la juventud española.
Pero no quiero malgastar más mi tiempo hablando de esas personas, e incluso debo agradecerles que con su actitud sólo hayan conseguido que nuestra motivación fuera aún mayor si cabe.
Podría contar muchas anécdotas, pero sería tan extenso, que llegaría a aburrir a todo aquel que leyera esto.
De esa simple mochila, voy sacando recuerdos y vivencias que me han marcado y que han hecho sentirme en unos días, mejor persona.
Hoy recuerdo a ese joven australiano con Síndrome de Down que nos llenó de besos por un simple banderín de España que le regalamos.
Al joven Marco de Islas Galápagos que en un gesto impagable colgó del cuello de mi mujer su joya más preciada. Un crucifijo que le regalaron tras superar duras pruebas que le apartaron del mal camino que llevaba.
Y recuerdo y añoro a Amelie y Elise, dos chicas francesas que han convivido con nosotros en casa y que la llenaron de simpatía, cariño, educación y amistad que seguramente perdurará siempre en nosotros y aún más en nuestras hijas.
Recuerdo el abrazo sincero de despedida de Mateo, un italiano por el que desde un principio sentí un especial aprecio.
Cómo olvidarme de la noche en la que convivimos casi dos millones de personas bajo un intenso aguacero y viento y el silencio casi sepulcral en la celebración de la misa con el Papa.
O de ese grupo de Nueva Caledonia que hizo las delicias con sus cánticos y bailes de todo aquel que paseara por el Paseo del Prado.
O de aquellos otros que hacían de un viaje en un tren de cercanías, una verdadera delicia.
Tampoco podría olvidarme de la cara de la mujer aborigen más hermosa que yo he visto en mi vida.
De ver las calles de mi triste ciudad repletas de grupos de jóvenes de todos los continentes que las recorrían portando orgullosos sus banderas.
Y tantas y tantas cosas…,
Así que llegados a este punto, debo acabar con agradecimientos.
Gracias en primer lugar a mi mujer y mis hijas, por el esfuerzo, el tesón, sus ánimos, sus noches junto a mí para velar por el bien y la seguridad de nuestros peregrinos y por el cariño con el que los han tratado.
Gracias a los que formaron junto a nosotros un grupo unido. Lucía, Maite, Ricardo, Gabriel, Enrique, Eduardo, Sonia, Cristina, Adrián… y en especial a un grandullón de nombre Arturo que tiene un corazón, un coraje y una voluntad tan grandes como él y que si tenemos suerte, será un gran sacerdote. Un abrazo de oso para ti amigo.
A todos aquellos que sin ser voluntarios oficiales, siempre nos ayudaron ofreciéndonos sus coches para trasladar a enfermos o lesionados, o simplemente para acercarnos una taza de café.
A la Sra. Luisa, viejecita dueña de un pequeño bar, cuyas lágrimas y sus dos besos me conmovieron a la hora de la despedida.
Gracias también a todos esos madrileños que bajo un sofocante calor lanzaban agua desde sus casas para aliviar en lo posible las penurias de cientos de miles de personas que a paso muy lento, marchábamos hacia Cuatro Vientos.
Al Padre Patricio por su bondad y sabias palabras; al joven Lenín por su sonrisa permanente, a Valeria, Alexia, Antonio, Gianluca, Francesco, Sabino, Leonardo, Ricarda, Alfonso, Marco, etc.
Gracias a esas personas a las que no conozco y que en un detalle que les honra, al ver mi camiseta de voluntario se acercaban a mí para darme ánimos.
Y principalmente, quiero dar las gracias a esos miles y miles de peregrinos venidos de todas las partes del mundo que con su visita, han hecho que hoy luzca y porte con muchísimo orgullo un crucifijo que ya forma parte de mí. Mi deseo de que todos regresen felizmente a sus casas y recuerden estos días con la felicidad que hoy yo siento. Gracias a todos, por abrirme los ojos y demostrarme que los valores que yo pensaba que se habían perdido en la juventud del mundo, aún siguen ahí.
A alguien escuché decir al inicio de esta aventura, que seguramente serían pequeñas historias que formarían una gran historia. No se equivocó.
Ha sido una gran historia que cabe en una simple mochila.