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martes, 15 de marzo de 2016

Puerta entreabierta




Hay una niña en el mundo; una niña chica muy chica. Cuatro años hace que la vieron nacer.
Nunca le di la mano, nunca escuché su risa y hasta hace muy poco, nunca contemplé su rostro.

Hoy, esa niña ocupa mis pensamientos. Pensamientos de tristeza, pensamientos sin respuesta, pensamientos de amargura, pero también pensamientos positivos y aleccionadores.
El mal se cebó con ella; el mal se instaló en su pequeño cerebro desde hace más de dos años, casi sin tiempo de reacción, casi sin avisar.

Muchas manos la trataron, muchas mentes y corazones la rezaron; pero el final “sólo” dejó una puerta entreabierta.

A este lado de esa puerta, el llanto, la incomprensión, la lucha, corazones rasgados por el dolor más grande que unos padres pueden sentir; el dolor extremo cuando lo más hermoso que jamás creó un amor, parte hacia ese viaje sin retorno.
Son momentos sin consuelo, sin razonamiento, sin comprensión, en definitiva, sin sentido al que dar en esta vida.

Pero también, son momentos de esperanza, de fe; de pensar que esa lucha feroz que esta niña ha mantenido con el enemigo imbatible, ha servido para algo.

Momentos de unión, de esfuerzo, de desvelo, de interiorizarse consigo mismo, de ejemplo a seguir. De pensar que esta lucha no fue en balde.
Porque esa puerta, por la que hoy pasa esa niña, le abrirá el mundo que sin lugar a dudas mereció.

Un mundo sin sufrimientos, un mundo sin ira, sin hambre, enfermedades, guerras, envidias, maltratos ni odios.

Un mundo que la cubrirá de risas, de juegos, de zapatitos de colores, de dulces y canciones; de felicidad eterna.
Hoy, esa niña marchó; pero nunca dejará de existir en los corazones que siempre se asomen a esa puerta entreabierta.  





Dedicado a Elena, esa niña a la que quiero pedirle que sea ella la que a partir de ahora rece por mí y por todos los que quedamos aquí. Esa niña que se fue, para convertirse en otro ángel de la guarda que velará muy especialmente por esos padres y familiares a los que deseo que Dios les dé la fuerza necesaria para afrontar estos terribles momentos.

Descansa en paz querida niña, hasta siempre pequeño ángel.


lunes, 1 de febrero de 2016

El viejo del pasillo


Llegar al hogar lleva implícito un tintineo de llaves para abrir su puerta.
Suele ser santo y seña para atravesado su umbral, encontrarse con el viejo del pasillo.

Encontrarse con él, es darnos de bruces con unos ojos detrás de nubes blancas de cataratas sin cascada. Es toparse con un cuerpo de andar cansino siguiendo instintos más que direcciones. Siguiendo a nadie.

Apenas oye, pero escucha; apenas corre, pero no dudaría en lanzarse a encuentros.
Siempre en mi busca, siempre solícito al abrazo de quien sabe que le quiere e incluso diríase que en cada encuentro, cambiando por alegre su mirada inexpresiva.

Nunca sus pretensiones van más allá; cariño por cariño, compañía por compañía.
No le recuerdo un mal sentimiento, un gesto de enfado o furia sin motivo.

Tozudo, puede; noble, seguro; amigo, siempre y sin dudarlo.
Como no podía ser de otra forma, muy parco en palabras, pero derrochador de buenas acciones.

Juguete en juegos, comensal sin mesa esperando turno; huérfano de recuerdos familiares, en el hogar no es ni más ni menos que uno más.
Se le respeta, se le cuida, se le quiere.

Se le quiere por ser y más aún por estar. Por estar cerca en las risas, por estarlo aún más en las penas y en esos días en los que la enfermedad nos hace rendir batallas, optar por ser sanador de soledades y animador de desánimos.
Por mil cosas se le quiere, pero por encima de todas, por ser amigo.

De esos amigos de verdad; sin copas que beber, sin intereses con demora, sin pretextos, sin esperas; de los que siempre están ahí y siempre, aun estando, nos echan de menos.
Nadie que no haya tenido uno en casa podrá comprender tanta devoción hacia un viejo así, porque no es frecuente sentirse acompañado por una amistad igual.

Se habla de ellos como seres sin alma; pero eso ¿quién lo dice? ¿Quizás uno de esos otros seres catalogados de “humanos” cuyo adjetivo tantas y tantas veces deben llevar el prefijo -in-?
Los años no mienten; la vida, tampoco y no sé a ciencia cierta si esos encuentros se alargarán mucho en el tiempo o no, pero soy de los que piensan que es de ley y muy merecido extender alfombras rojas y homenajear cuando está bien vivo y coleando a ese amigo y queridísimo viejo del pasillo.





* Dedicado a mi (nuestro) amigo Ron, con todo el cariño y agradecimiento que un humano le puede dar.

viernes, 18 de septiembre de 2015

Lo que yo vi


Se reunieron personas de toda clase y condición como testigos de la unión de un hombre y una mujer que decidieron dar ese paso que va más allá en una relación.

Acudieron al evento gentes venidas de lejos para acabar sintiéndose cercanos. Elegantes ellos, hermosísimas ellas, conformaron durante una larga jornada acabada en madrugada, un mosaico de colores teñidos de familia, amistad y compañerismo.

Toda boda, toda unión tiene un nexo común llamado alegría o si se quiere, algo que va más allá y que no es otra cosa que una hermosa palabra de nombre “felicidad”.

Se puede ensayar una ceremonia; se puede ensayar un canto; incluso se pueden ensayar unas palabras; pero la felicidad no se ensaya. La felicidad brota natural y  transpira por los ojos; acelera corazones, enternece corazas y derrumba fortalezas; llena vacíos, aplaca histerias y desnuda buenos sentimientos.

He sido testigo directo de todo eso primero desde un lugar privilegiado en el que la novia me hizo el honor de situar en un momento de la ceremonia más importante de su joven vida.
Ese lugar, el altar de una hermosísima iglesia; mi misión, pronunciar unas palabras que leídas en público quise que fueran fiel reflejo de lo que sentía y deseaba para ellos.

El principal escollo, mi miedo escénico y mi timidez nacida de serie. Pero ambos, se aplacaron rápida y enormemente quizás por el rostro de ella, la emoción de él o el orujo de hierbas que antes de la ceremonia acompañé a mi estado de nervios a punto de desbocar. 
El caso es que desde allí, letra a letra, palabra a palabra, pude sentir, admirar y disfrutar más intensamente la emoción de un momento que para toda pareja que se quiere, siempre es y debiera ser un recuerdo imborrable en sus vidas.
No vi unos novios; ni siquiera unos elegantes padrinos ni expectantes decenas de invitados. Vi algo que iba  más allá de un hermoso vestido blanco o un traje de hombre con flor en la solapa. Porque desde ese privilegiado lugar y contemplando sus cómplices miradas, sus lágrimas desbordadas y sus manos temblorosas, lo que yo vi era “sencillamente” amor.



Y vi después unión de hermanos, orgullo de padres, bailes, risas, abrazos, cánticos, servilletas al viento, bebidas y comidas de mil colores. Vi todo aquello que nunca debe perderse; aquello por lo que siempre merece la pena vivir.

Detalles que hacen de esta vida algo hermoso, como ver sonreír a una mujer muy joven a la que la enfermedad del siglo cincela a sufrimiento un afán de superación y lucha admirables.
Vi también a un hombre, padre y padrino de mirada y quizás conciencia ausente, que sentado entre dos ruedas de esa silla que ya siempre le acompaña, de forma natural, lloró al escuchar sones de Escobar que hablaban de una madrecita María del Carmen. Esos sones me transportaron a mí también a aquellos lejanos tiempos en los que con idéntica música encerrada en una vieja cinta de cassette, compartíamos los dos kilómetros a ritmo de Renault 12 por esas carreteras de Dios.
No quiero que todo eso se pierda. Quiero que permanezca en la memoria de todos día a día y que sirva de recuerdo de lo que siempre debe permanecer.

Todo eso y más en un hermoso día de septiembre es lo que yo vi.





* Dedicado a Luz, Cristian y muy especialmente a una viejecita que nunca sabremos si lloraba o reía y sin cuya existencia nada de todo esto hubiera podido yo contar.









martes, 18 de agosto de 2015

Espejos

¿Quién no se ha mirado alguna vez en un espejo? ¿Quién no se ha sorprendido en ocasiones, escrutado en otras y asustado en algunas al sentirse observado por aquella imagen curiosamente muy parecida a nosotros mismos que a escasos centímetros nos mira?

Nada tiene de especial mirar un espejo. Actos tan cotidianos como afeitarse, maquillarse, peinarse, untarse de cremas varias, tocar ojos a lentillazos, pintarse de “chori” los labios, o simplemente mirarse y decirle a ese tipo o tipa “alégrame el día”, es algo que forma parte intrínseca de nuestra vida.

El problema reside en ese otro tipo de personas que al mirarse en uno de esos objetos, le habla diciéndole “mírame bien porque no existe otra cosa igual o mejor que yo”.

Personas que dejan a ese espejo mudo. Personas perfectas que se ven así y así quieren ser vistas.

Personas con mil trajes pero ninguno cosido con hilo de humildad.

Personas que no necesitan ningún dios, porque ya lo son.

Esas personas que conjugan pronombres como yo, me, mí, conmigo menospreciando al tú, te, ti y costándoles mucho compartir “contigo”.

Centros de cualquier reunión, grupo o mundo de este mundo que nunca piensan que también un florero suele ser el centro de cualquier mesa, para al final no dejar de ser un simple florero al que sus hojas acabarán abandonando por marchitas.

Dicen que no hay más ciego que el que no quiere ver. Yo diría que no hay más ciego que el que no ve más alla de sí mismo.

Puede que este tipo de personas alcancen el éxito, el reconocimiento a su labor, el aplauso desmedido, la palmada en la espalda e incluso miles y miles de amigos virtuales de redes sociales; pero en mi modesta opinión, esa actitud, esa egolatría, esa sinrazón, sólo les llevará más tarde o más temprano a verse completamente rodeados de espacios en soledad en el que únicamente les quedará el consuelo de un espejo al que mirarse.


viernes, 7 de agosto de 2015

Cenizas

Los años pasan. Para algunos, muy lentamente; para otros como yo, al ritmo de lo que dura un pitillo.

Como fumador que sigo siendo aunque no fume, pensando como pienso que los que han sido fumadores habituales nunca dejan de serlo realmente, intento tomarme la vida como un buen cigarro si es que existe realmente alguno.

Ese buen cigarro, el de después de un placer de estómagos hambrientos o de aquellos otros placeres que se comen con los ojos y se acarician con la piel, acabará como todos hecho una simple colilla.
Pero ese cigarro, traerá recuerdos, pensamientos e historias que contar aunque el interlocutor sea uno mismo.

Entre calada y calada recordaré personas, hechos y circunstancias que me pudieran haber marcado a caballo de humos y brasas.

Familia, amigos, conocidos o no tanto, irán formando una sucesión de personas por las que podré pensar “fue un placer conocerte” o por el contrario preguntarme ¿valió la pena?.

Se quemarán etapas. Lo que no debería permitir nunca es dejar que éstas se consuman por abandono.

Y así, ese pitillo acabará algún día; pero estoy seguro que lo bueno, lo realmente importante, aquello que de verdad merece o mereció la pena, renacerá de sus cenizas aunque sea en forma de un nuevo pitillo que encender.



martes, 28 de abril de 2015

Baquetas

Nací músico sin serlo y actualmente, música y vida, vida y música transcurren conmigo en un mundo totalmente paralelo aunque no siempre convergente.

No me concibo a mí mismo sin sentir al menos curiosidad por un sonido acompasado.
Quizás algún día mi cerebro pueda olvidar una melodía,  el nombre de un artista o lo que sería más grave, perder atracción por la música. Pero mientras tanto, mi afición vence a mi edad y no al revés.
Siempre he sido muy aficionado a la percusión. De hecho, sin haber practicado nunca, he llegado a ser batería de los Dire Straits, AC / DC , Eagles e incluso de Springsteen sin que ellos lo supieran.

Usar manos y pies y perderme entre cajones, platillos, pedales, cascos y aros, me hace sentirme bien, vivo, útil.
Es increíble lo que pueden llegar a hacer dos simples palotes acabados en punta redondeada aunque éstos sean imaginarios.

En esos dos simples palotes, podría incluso asemejar una existencia humana con sus correspondientes estados de ánimo. Días o momentos en los que acariciaría esa batería con ternura, casi sin querer, utilizando en ese caso incluso escobillas que hicieran vibrar bordones  en tiempo y modo de balada o jazz entre amigos. Días relajados, de remanso, de pereza, de querer y no poder, o de poder y no querer.
Otros días con expectativas en los que un redoble continuado sería el protagonista de mi pieza musical particular con expectativas de acabar en un sonoro y potente golpeo de platillos.

Días de fuerza de ánimo, de alegría, de positivismos en los que los pies y manos se perderían en notas potentes, graves; de esas que parece que por su contundencia provocarán que tu estómago abandone su ubicación natural.

Incluso días en los que no tocarías esa batería utilizando los pedales, sino que directamente darías puntapiés a todo instrumento u objeto "animado o no", que osara cruzarse en tu camino.
Esos días en los que las hermosas baquetas se convertirían en otras usadas normalmente para el mantenimiento y limpieza de cualquier arma de fuego.

Sea como fuere, o fuera como quiera, el día que pierda el interés por usarlas, ese día, podrán decir de mí que estoy muerto.


viernes, 17 de abril de 2015

Vamos a contar mentiras

No decir la verdad no siempre es mentir, pero sí que siempre es engañar.

Las relaciones humanas, siempre son complejas. De la persona más simple entre las simples, siempre se pueden exprimir ideas, conocimientos y en ocasiones, desconocimientos. Si además hablamos de personas en cierto modo complejas, el galimatías o popurrí de opiniones, puede ser casi infinito.

De todo se aprende, de nada habríamos de arrepentirnos, pero el genoma humano es un sello único e intransferible en cada uno de nosotros que con el paso del tiempo se hace más y más impenetrable y difícil de cambiar.
Disfraces hay miles, máscaras quizás millones; lo difícil es llegar a desenmascarar o descubrir realmente a la persona que se oculta detrás de cada disfraz.

La palabra decepción siempre la he tenido muy presente en mi vocabulario habitual. A su vez, la palabra preocupación parecía aferrarse siempre a ella como un cordel atado a un globo. Los años no me han hecho perder decepciones, pero sí me están ayudando a poder aparcar preocupaciones y a soltar ese cordel que me une o me unía a personas que creí entender, conocer e incluso apreciar.
No voy a dedicar ya más tiempo del justo y necesario en hacer laberínticas conjeturas sobre ésta o aquella persona, conocida o por descubrir, que me haga pensar más allá de lo que por activa o por pasiva merezca y procuraré hacer caso a esa fiel consejera llamada conciencia que en un dictado sin faltas, me ayudará a aprobar esa difícil asignatura casi de ciencias ocultas en la que se han convertido las relaciones humanas.

No obstante, reconozco que soy fácil de engañar; ser de esos niños que aún hoy alargan la mano hacia el caramelo que le ofrecen y quizás muchas veces me he creído que por el mar corren las liebres y por el monte las sardinas, pero al final,  para bien o para mal nunca canto el “tralará”.


domingo, 22 de marzo de 2015

Creo

Testimonios, hay muchos. Confesiones íntimas o no, también. Pero vaciar el alma, fluyendo las palabras directamente del corazón de quien habla y que llegue como un misil a conmover a toda aquella persona que tenga un mínimo de sensibilidad moral, no es nada fácil.

Aún menos si se hace públicamente, ante decenas de personas familiares o no, amigas o completamente sumergidas en el anonimato.

Ante nosotros, simplemente una mujer que presentándose nos dio por nombre Patricia y por edad 38 años.

Todo lo que su corazón habló, fue la historia de su vida. Una vida que ha sido y sigue siendo un camino lleno de vicisitudes, de desgracias, de enfermedad, incluso de deseos e intento real de dejarse encontrar por una muerte adelantada. En definitiva, una vida repleta de suertes que todos buscamos y que a ella no le premian ni tan siquiera con un pequeño reintegro.

Con una historia así y relatada sin ocultar detalles que a cualquiera nos podrían dar reparo exponer, no pude por menos que emocionarme, porque a pesar de todo ello, esta mujer sigue vistiendo toda negatividad con el color de la más fuerte y mejor de las esperanzas.

Por eso, me quise unir a ella en pensamiento y voz cuando sujetando firmemente un hermoso crucifijo finalizó su exposición diciendo con total convicción:

“Creo en Dios Padre Todopoderoso…”








* Dedicado a Patricia a la que sólo puedo decir “gracias” por querer que la acompañáramos en un acto de reafirmación y valentía tan hermoso y sincero como el que nos ha regalado en nuestra hermosa Catedral. 



lunes, 26 de enero de 2015

Esa chica

Con los primeros rayos de sol de un frío pero hermoso sábado invernal, inicié viaje en solitario con el único propósito de encontrarme con una chica que seguramente jamás pensó en ser visitada precisamente ese día.

El viaje resultó plácido. Buena música, calor confortable y una parada en el bar y el mismo café sólo de siempre.

Llegué al lugar del encuentro con la incertidumbre habitual del estado en el que me encontraría a esta chica.
No me sorprendió encontrarla sentada; cabizbaja, no era apenas capaz de alzar la mirada.

La besé, le hablé, pero apenas reaccionó.
Quise buscar un lugar tranquilo, apartado del mundo, de voces, de trasiego de personas, visitas y televisiones altisonantes.

Al fin pudimos encontrar un rincón para nosotros. Sólo nos acompañaban unas sillas y mesas desnudas.
Cogí sus manos y dulcemente comencé a hablarle. Despacio, sin prisas, sin órdenes para que poco a poco pudiera salir de esa especie de letargo en el que estaba sumida.

No fue fácil, pero al fin alzó la mirada y esos hermosos ojos claros de siempre, se fijaron en mí.
No traslucía sorpresa, alegría o tristeza. Simplemente, esos ojos me miraron. Me miraron fijamente y lo que antes era silencio, dio paso a una puerta entreabierta en forma de sonrisa.

Sus manos, nunca se despegaron de las mías, ni las mías eran capaces de abandonar las suyas.
Manos suaves, delgadas, curtidas en el tiempo, pero unas manos que apretaban con cierta fuerza lo que no querían soltar.

Era la primera vez que cara a cara, mirada a mirada y balbuceo a balbuceo, hablábamos sin sentido, sin comprendernos, pero también sin tapujos ni pudores a la hora de mostrar al mundo que esa chica y yo, nos hemos querido siempre.
Sin darnos cuenta, pasaron los minutos; la sala se iba llenando y lo que antes eran silencios, dieron paso al bullicio; nada de eso pudo abstraernos de esa conversación sin sentido que hacía una vida que no habíamos tenido y que ahora resumíamos en casi dos horas de encuentro.

Era hora de marchar; ella a recibir su alimento diario y yo buscando el regreso al hogar.
Me fui por donde vine, pero quien atravesó una puerta  para ese encuentro, nunca será el mismo que lo hizo también para salir.

Porque marché de allí con una sonrisa. Por primera vez, marché feliz, con mi conciencia vestida de gala y una sensación de haber encontrado por fin a una dulce, dulcísima chica de noventa años que quizás no sepa nunca quién la visitó, pero seguramente sí sepa quién la quiso siempre.
A esa chica, a esa madre, a mi madre, con todo el cariño que quizás tardé noventa años en demostrarle, gracias por ser quien es.



miércoles, 22 de octubre de 2014

Fondo de ojos

Cuánto revuelo, paranoia y apocalípticas reacciones ha provocado un invisible y letal virus de nombre Ébola.
Cruce de acusaciones, bocas llenas con palabras que hablan de protocolos, dimisiones, procedimientos, riesgos, precauciones, pandemias que no llegaron ni a brote… y tantas y tantas cosas que hemos podido escuchar en todos los medios y formas de transmisión de la palabra y la imagen.

He dejado pasar unos días para posicionarme en una postura concreta alejado ya del lógico ímpetu o falta de objetividad que la inmediatez del caso me hubiera podido provocar.
Desde la tranquilidad actual que me inspira saber que la infectada por el virus se encuentra felizmente recuperada y la situación aparentemente está bajo control, sí que me apetece hacer una serie de consideraciones:

Lo principal para mí de todo este caso, es que la cifra o estadística de fallecidos por este virus, no se ha visto incrementada en una persona que ahora mismo se ve señalada por el dedo acusador de la insensatez seguramente de cualquier insensat@ que quiera desviar la raíz o responsabilidades de todo este asunto.
La vida humana, no tiene precio o no debería tenerlo y por ello, todos nos deberíamos congratular porque esta mujer pueda vivir para contarlo.

Todos sin excepción deberíamos de brindar por haber ganado esta batalla, que no la guerra, a este letal enemigo.
Porque hoy, no sólo debo y quiero acordarme de esta enfermera felizmente recuperada. Quiero acordarme también de los más de cuatro mil quinientos muertos que no pueden contar su experiencia; de los otros miles que aún luchan por su vida y como no, de todas las personas que de una u otra forma, ayudan o han ayudado a todos los afectados. Incluidos y muy especialmente, los dos misioneros españoles fallecidos cuya repatriación aún a día de hoy se critica y al personal facultativo y auxiliar que ha tratado y trata a Teresa..

España, siempre ha sido, es y seguramente será diferente.
Si hay algo que nos identifica a los españoles, es la improvisación. No actuamos con lógica, coordinación y criterio, hasta que ocurren las cosas. Tentamos demasiadas veces a la suerte y tienen que llegar catástrofes, accidentes o descuidos, para darnos cuenta que lo mismo que podemos prevenir el tiempo, podemos prevenir los hechos.

¿Cuántas veces hemos escuchado la mítica frase “…a partir de ahora…”?
Somos muy dados después a las críticas, exabruptos y reclamaciones desde todos los frentes. No importa quién o qué tiene razón; protestar y opinar, opinar y criticar, se dan la mano más allá de si el gobernante o responsable es de un color, orientación, capacidad o siglas de un partido.

Y luego está el asunto del perro, del famoso perro de nombre Excalibur, que más allá de ríos de tinta, formó mares de opiniones, contradicciones y sentimientos frustrados.
Independientemente de la opinión de los principales expertos sobre el tema de la infección por ébola que desaconsejaban su sacrificio sin un estudio previo de su estado, consecuencias y posible ayuda como instrumento de investigación en futuros casos, soy de la opinión de que aún estando en contra de su sacrificio, lo hecho, hecho está y no debemos darle más vueltas con nuevas manifestaciones callejeras en recuerdo y apoyo de su memoria, entre otras cosas, porque la concienciación sobre los animales en este país, se ha demostrado que es una batalla perdida.

Pero al mismo tiempo, hace poco, escuché a alguien decir con cierta indignación:

“Pero, por favor, si es sólo un animal”

Esto me hizo reflexionar al instante y aunque me sentí realmente en contra de esa afirmación, me alegro de haber dejado pasar el tiempo para reposadamente y transcurridos varios días, exponer también mi opinión con respecto a este tema.
Efectivamente, he llegado a la conclusión de que ese y todos los perros, no son más que animales. Afortunadamente, son animales. Gracias a Dios, son animales.

Porque si fueran personas, se verían expuestos a ser infectados por esos virus que sin ser mortales como el ébola, sí que son de una virulencia y agresividad extremas por su rápida propagación entre los que nos adjetivamos como “humanos”.
Virus como la hipocresía, el egocentrismo, la idiosincrasia, envidia, vanidad, soberbia, codicia y tantos otros, hacen del ser humano su huésped perfecto mientras que por el contrario, no tienen cabida en un animal como el perro.

Y para saber todo esto, nadie mejor que toda aquella persona que alguna vez tuviera uno como animal de compañía y lo tratara con dignidad.
Basta mirarle al fondo de los ojos para ver la pureza que encierra esa mirada.

Una mirada de agradecimiento, de respeto, de alegría en tus alegrías, de tristeza en tus lamentos, de compañía en tus soledades y de amistad verdadera simplemente por un poco de comida y una caricia perdida.
Y ahora, que levante la mano quien al mirarse en un espejo, encuentre todo eso en su propio fondo de ojos.

Yo, no.













viernes, 17 de octubre de 2014

Una rosa




En ocasiones, necesitamos una bofetada moral, un zarandeo mental o un empujón sentimental para darnos cuenta de lo que una vez fue y al perderlo, se echa de menos.
Ayer, una mujer lloró frente a un cristal. A los pies de ese cristal, depositó una simple y hermosa rosa; un pequeño detalle que encerraba recuerdos, cariños, enseñanzas y vivencias.

Al otro lado de ese cristal, el destinatario de su rosa, reposaba definitivamente vencido por ese enemigo implacable contra el que luchó sin cuartel durante años.
Es injusto morir joven; es injusto dejar sin consuelo a una mujer y unas hijas bañadas en lágrimas por mucho que ese enemigo te prepare para la derrota.

Pero incluso el dolor, enseña. Del dolor, se aprende.

Y en ese instante, frente a frente, aún siendo testigo la propia muerte, se volvieron a citar el profesor y la alumna; aquel que quiso y supo ser maestro, educador, compañero y amigo y una alumna que siempre lo llevará en su memoria.
Y es injusto ver cómo las lágrimas de esa mujer eran compartidas por tantos otros estudiantes que querían rendir una última visita, un último encuentro con ese profesor que quiso y supo ser maestro,  educador, compañero y amigo.

Yo no fui su alumno. Yo no fui su amigo, compañero o conocido; pero aunque quizás sea tarde, soy un hombre agradecido; agradecido porque parte de lo que hoy es esa mujer que lloraba frente a un cristal y que es mi hija, se lo debo a él. Parte de sus conocimientos, su educación, su saber estar ante el mundo y ante la vida, también se lo debo a él. Y parte de esas lágrimas, también las derramamos todas aquellas personas que queremos reconocer la extraordinaria labor que los profesores realizan en la formación de nuestros hijos.
Así que sólo puedo rendir mi humilde y sincero homenaje a un profesor cualquiera que con su muerte, me ha dado una enseñanza de vida.


Gracias Mariano, D.E.P.



* Dedicado a todos esas personas que más allá de una profesión, se convierten en educadores de mentes y conciencias. A tod@s, gracias de corazón.





martes, 23 de septiembre de 2014

Repoker de amigos

Parece que fue ayer y va camino ya de cinco años que este Café del Swing abrió sus puertas con el miedo a lo desconocido de alguien como yo que más como un juego, divertimento o curiosidad, se inició en este mundillo bloguero al cual me honro pertenecer.

Ha llovido mucho desde entonces; muchas han sido las historias, vivencias, pensamientos y sentimientos que una pequeña parte de mi cerebro ha querido procesar y plasmar en cada entrada de este humilde blog.

Por él ha pasado gente de todo tipo, condición y opinión, que con sus comentarios públicos o no, han dejado un granito de arena que poco a poco han ido formando la razón de ser de que aún hoy, un servidor, se atreva a seguir contando lo que en su mente ocurre o discurre.

Diversa gente me pregunta si merece la pena abrirse al mundo de esta manera.

Desde mi punto de vista, sólo puedo dar un sí rotundo a esa pregunta.

Soy de la opinión de que quien escribe algo, es porque antes lo pensó. Si lo pensó es porque tuvo una iniciativa, intuición o vivencia y si tuvo todo eso, es porque pertenece a esa clase privilegiada de personas que se sienten y quieren sentirse vivas con algo más que el discurrir de los días.

Recuerdo que al principio, pensaba que yo no era nadie en esto de las letras y que más que un proyecto de escritor, era más un simple escribiente o “escribidor” como me gusta más definirme. Curiosamente, al cabo de estos años, sigo pensando exactamente igual.

Como dirían Les Luthiers, sólo soy un mero, un mero… un mero,  al compararme con verdaderos talentos que llevan su creatividad a límites que yo ni en sueños seguramente, llegue jamás a alcanzar.

He tenido la suerte de conocer a varios de estos últimos de una manera virtual. Leyendo o releyendo sus textos, poesías o relatos, he llegado a teletransportarme a otros mundos o sentimientos, por el módico precio de una simple lectura a través de una pantalla de ordenador.

Pero como la vida, aunque no quiera reconocerlo, me trata bien, he tenido y tengo la inmensa fortuna de haber conocido personalmente también a algunos de ellos.

No sé o no recuerdo bien si fue antes la casualidad, los contactos en común, o simplemente el destino con final feliz, los que durante estos años me han llevado a unirme especialmente a cuatro personas por las que siento un especial cariño, simpatía y admiración.

Pudiera deducirse que pensamos, sentimos, o creemos en lo mismo. Nada más alejado de la realidad. Ni por ideologías, creencias, proximidad en tiempo y espacio, seguramente se nos podría incluir dentro del mismo grupo.

Pero nunca mejor que en este caso, creo que los polos opuestos, se atraen. Y voy más allá. Creo que la riqueza de conocimientos, está en la conjunción y diversidad de opiniones que cada uno de nosotros pueda aportar a algo tan hermoso como lo que creo en mi modesta opinión que ha surgido en estos años:

Amistad

De una hipotética coctelera en la que pudiéramos mezclar las edades, experiencias, ideas, ideologías, creencias e inquietudes de cada uno de nosotros, me queda además de esa amistad, un enriquecimiento cultural que en los tiempos que corren, debo guardar como un tesoro.

Podría hacer una síntesis de cada uno de los blogueros de los que hablo, pero sería injusto y poco objetivo precisamente por esa amistad que me une a ellos.

Pero como también los que me conocen saben que si callo algunas cosas reviento, no me queda más remedio que resumir qué me dice cada uno de estos nombres:


Mónica Pérez (Mi niña grande): empezaré hablando por ella, por dos razones principales. Primero, porque sin ninguna duda, es la más guapa del grupo. Y segundo, porque a pesar de los años, me gusta seguir siendo un caballero aunque a veces eso me haga parecer que se me paró el reloj. Comenzamos nuestra andadura bloguera casi a la vez y rápidamente me cautivó su dulzura  (con una de sus primeras entradas en las que hablaba de unas maravillosas chuches) y su forma de escribir. Pero que nadie se equivoque, que también sabe ser férrea y dura a pesar de su juventud. Creo que es una gran escritora a descubrir aún por ella misma y como persona y mujer, sobran las palabras.

Jesús Pérez (Suso): hombre con una sensibilidad especial en sus letras y en sus actos. Si lo ves en fotografía, rápidamente piensas: “tiene cara de buena persona” y cuando lo tienes frente a frente… te das cuenta de que estabas completamente equivocado; es aún mejor. Recuerdo especialmente una llamada suya para darme su apoyo en momentos difíciles. Actos así, no se olvidan a pesar de mi memoria de pez globo. Gracias a él fue posible este encuentro. Si no se llega a casar… (no me cansaré de agradecérselo).

Alfonso Baró (Sombragris) : quizás sólo nos una sin ninguna duda, nuestra devoción por el maestro Knopfler. Por lo demás, los que me conocen, podrían pensar: ¿pero tú con quién te juntas?. Pues me junto con un gran señor, fiel a sus ideas o creencias. Un tipo con una creatividad sorprendente. Un caballero que habla y sabe escuchar. Una persona por la que siento un aprecio especial y me honro en tenerlo como amigo. Alguien que un día en un acto de valor incalculable, puso música y voz a unas letras que escribí y unos sentimientos que plasmé. Lo único que no le puedo perdonar a este hombre, por lo demás, es que tenga el pelo más largo que yo.

Miguel Vivas (El Vivas): lo conozco desde que hace ya unos cuantos años lo descubrí subido a un escenario junto a sus compañeros de El Desván del Duende. Desde entonces, lo he seguido y perseguido como músico y como persona. Un escritor y compositor de esos que me dejan con mucha miel en los labios aunque desde mi ignorancia poética, no haya sabido muchas veces descifrar. Regocijante creador de “polémicas”, reconozco que alguna vez me sacó de mis casillas y me lancé a su yugular. Pero quizás precisamente por eso, es uno de esos tipos por los que he luchado y lucho por ser su amigo y creo que voy consiguiéndolo. Se me puso entre ceja y ceja y en ese caso, amigo Vivas, no tienes nada que hacer.

El hecho es que gracias a un blog, a ciertas ganas de escribir y de acertar más o menos en lo que quería decir o expresar, el cómputo de buena gente por la que siento y me hacen sentir una amistad personal, aumentó hasta convertirse en un hermoso repóker de amigos blogueros.


A Mónica (La Persistencia de la memoria),  Suso (El Horizonte dormido), Alfonso (Desde mi azotea),  y Miguel (Palabrafernalia)…

Gracias por vuestras letras, gracias por vuestra amistad.







P.D. Amigo lector, te aconsejo que si te gusta la buena música, escuches como se merece esa hermosa canción que sirve como fondo a esta historia. Gracias.





martes, 9 de septiembre de 2014

Diálogo nocturno


-      Buenas noches Luismi ¿cómo estás?”

-      Hola, ¿quién eres?

-      ¿Ya no te acuerdas de mí?

-      ¡Esa voz, esa voz…! ¡Hola amiga, cuánto tiempo sin escucharte!. Pues yo, como siempre; no me tendría que quejar, pero suelo hacerlo.

-      No cambiarás no; siempre tan positivamente pesimista,  jejeje.

-      ¡Cómo me conoces!

-      Como si te hubiera parido.

-      Me alegra mucho escuchar tu voz, ¿ocurre algo para que quieras hablar conmigo a estas horas?

-      No, simplemente quería charlar un rato porque últimamente por informaciones que tengo, parece que andas un pelín preocupado ¿me equivoco?

-      No lo sé amiga; no eres la primera que me lo pregunta. Pero te puedo asegurar que no me pasa nada tan importante como para dar una imagen tan diferente a la buena o mala que tengo habitualmente. Deben de ser cosas de la edad, rachas que van y vienen o yo qué sé. No siempre uno está con el mismo humor y las ganas de hacer felices a los demás, que intento tener.

-      Me alegra saber que no te pasa nada. Ya sabes que si algo te preocupa o te puedo ayudar, puedes contar conmigo.

-      Ya lo sé. Muchas gracias. Si te parece, otro día charlamos más tranquilamente. Ahora es muy tarde, estoy muy cansado y sólo tengo ganas de dormir.

-      Buenas noches, sé que dormirás tranquilo y te deseo que tengas unos felices sueños querido Luismi.

-      Muchas gracias, mi querida Conciencia. Buenas noches.





Una de dos

                 Nacimos prácticamente a la vez. No fue un parto excesivamente difícil a pesar de que éramos dos. Nadie se quejó cuando vimo...