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lunes, 31 de agosto de 2015

El boli

Cinco meses hicieron falta para deshacer lo hecho. Para que la injusticia tornara a justa. Para que lo negro, volviera a teñirse de color.

Nunca pensé que embarcarme en un velero llamado portabilidad, me pudiera traer una singladura con más oleaje que el Cabo de Hornos.

Decidir cambiar de compañía telefónica ante la falta de ofertas e incluso menosprecio o digamos falta de aprecio recibido por la que había sido mi elegida durante toda la vida y comenzar a llover contrariedades, fue todo un pack completo.

Instantes después de realizar oficialmente esa portabilidad de operador, recibo un mensaje muy “cariñoso” en el móvil, indicándome que la sanción por no cumplir un compromiso de permanencia que yo pensaba que estaba por meses sobradamente cumplido, era de 190€ que siempre muy amablemente iban a cargar en mi cuenta.

Dicho y hecho. Mis números, mi dinero, mis pelas, menguaron con dicha cantidad ante el asombro, perplejidad y ganas de matar a alguien que súbitamente provocó este hecho en mí y los míos.

Ante esto, había dos opciones. Pelear o con el rabo entre las piernas, decirme a mí mismo, “Eres un verdadero gilipollas por confiar donde nunca debiste tener confianza”.


Esta vez, decidí pelear, aún a riesgo de que me partieran el orgullo y la dignidad.

Han sido meses de escritos, copias de facturas, reclamaciones, visitas a Oficina del Consumidor y demás para acabar cara a cara ante una especie de Tribunal de una Comisión de Arbitraje de mi Comunidad Autónoma.

¿Y todo para qué?

Pues sencillamente, para una vez escuchada, leída y estudiada mi reclamación y mi parecer cara a cara ante ese tribunal, acabar restañando ese orgullo, esa dignidad y esa justicia que sinceramente, creí perdidas.

Y marché de allí, bajando escaleras de dos en dos sin perder un gramo de sonrisas e incluso tras pedir permiso, llevarme de recuerdo un sencillo boli, pero de gran valor simbólico para mí porque por una vez, me vestí de triunfo ante el gran gigante de las comunicaciones cuyo nombre no diré para no hacerle publicidad y del que únicamente indicaré que se enmascara de azul.




martes, 16 de junio de 2015

Dos mujeres de ida y vuelta

Es temprano en la ciudad; apenas encendidos los focos de un nuevo día, cuando el barrendero empuja carro, cepillo y pala y los primeros autobuses embarcan y desembarcan gentes somnolientas buscando ganarse el pan, dos mujeres deambulan con pasos cortos en un paseo ceremonial que se repite prácticamente a diario.

No importa que el tiempo arrecie lluvia, frío o calor. Cual protocolo, misión, costumbre u obligación autoimpuesta, ambas mujeres recorren la misma calle a la misma hora.
Madre e hija, hija y madre, muy juntitas; brazo con brazo, codo con codo, repiten gestos, charlas y acciones.

Una, la madre, con la mirada perdida y silenciosa; mirando sin ver o viendo sin interés por mirar. Su hija, mochila en bandolera y con verborrea digna de un asiduo orador, va llenándole la cabeza de palabras que seguramente su cerebro no sea ya capaz de ordenar con cierta fluidez.
Ambas, en definitiva, aparentan y demuestran no estar bien.

Se aposentan en el banco de la marquesina de un autobús con destino Madrid. La de mayor edad, continúa en silencio. La otra, se niega a dejar de hablar.
Alguien de repente les pregunta:

¿A qué hora tenéis que estar en el colegio?
“A las nueve, contesta la de siempre”

“Pero si no son ni las siete; no hace falta que paséis tanto frío”

“Pues entonces nos marchamos a casa y volveremos más tarde”

Y así ambas mujeres desandan lo andado, dejándonos siempre a los testigos de esta diaria escena con la sensación cierta de que mañana o quizás al otro, estas mujeres regresarán por donde marcharon a la misma hora de siempre.

jueves, 7 de mayo de 2015

Un mosquito en mi ascensor

Vivo en un segundo piso, con ascensor. Mis viajes en él, se limitan mayormente a las idas y venidas con mi amigo, cieguito, viejecillo, pero alegre perro Ron o aquellos otros viajes en los que la carga transportada aconsejan no provocar y despertar acechantes lumbalgias.

No hace muchas noches, como tantas otras, Ron y yo accedimos a ese ascensor con la sana intención de salir a la calle; él para levantar pata, agachar trasero y soltar lastre y yo para recogerlo y depositarlo en los contenedores correspondientes como todo buen ciudadano debe hacer.
Nada más entrar en él, me percaté aún con mi deteriorada vista, que en ese viaje de sólo un par de plantas, no viajaríamos dos seres vivos sino tres.

Porque allí, espatarrado, pero vivo y sujetándose al vertical espejo que cubre el fondo de ese ascensor como sólo un insecto sabe hacer, un mosquito se miraba como si fuera la primera vez que lo hacía. No se movía, pero yo notaba su deleite al contemplarse y mi mente comenzó a barruntar y preguntarse:
¡Vaya sitio más aburrido de apalancarse con lo poquito que estos insectos llegan a vivir que según me he informado tienen una vida media dependiendo de su sexo de una semana en los machos y de hasta un mes en las hembras!

¡Anda que no hay mundo que ver, ni gente a la que picar, para que éste o ésta acabe sus días en un pequeño y poco ventilado habitáculo de ciudad!
Todo eso pensé en el viaje de ida, pero en el de vuelta, otras preguntas me surgieron al contemplar que no se había movido de su posición inicial.

Yo pensaba eso de ese mosquito, pero ¿qué pensaría él de mí?
Seguramente, pensaría también que vaya humano que no tiene otra cosa que hacer que encerrarse con él en un lugar hermético sabiendo que en cualquier momento podía saltarme a la yugular y darse un sangrante atracón.

Y luego está Ron. ¿Qué pensaría él?
Yo estoy casi seguro que pensaría lo habitual. ¡He cenao, he meao, he cagao, así que a dormir!

Han pasado algunos días y nada más supe de nuestro viajero acompañante al que sólo deseo que en esos viajes ascensoriles no coincidiera con mi vecino del tercero y osara picarle, porque estoy seguro que ahí acabaron sus días.

¡Envenenado!




miércoles, 8 de abril de 2015

De perros y hombres

Érase una vez un hombre que cierto día, como todos los días, al abrir la puerta de su domicilio tras su jornada laboral, fue recibido con la alegría acostumbrada por un animal que aún sin ver y sin alcanzar el medio metro, se lanzaría gustosamente a besar al que llaman su dueño.

El sentimiento era y sigue siendo mutuo entre perro y hombre. La camaradería, compañerismo y sintonía de ambos, es perfecta desde hace ya casi catorce años.

Comparten juegos, salidas obligatorias tres veces al día haga frío, viento, o diluvie, e incluso duermen pegados.
Pero a lo que íbamos; ese día por circunstancias que no vienen al caso, habían transcurrido ya más de doce horas desde la primera salida obligatoria a la calle para desahogo del animal.

Su dueño simplemente preguntó a las tres mujeres que comparten hogar y en ese momento sofá, si por casualidad, habían tenido a bien hacer el papel de dueño y casi sin que sirviera de precedente, sustituirlo en sus funciones.
Las tres mujeres se miraron en silencio y transcurrieron unos segundos hasta que la señora y dueña oficial del can, soltó sin previo aviso:

“No lo hemos sacado, porque está extraño. No ha querido ni comer; te está buscando todo el rato”.
Ese hombre, sorprendido por la respuesta a todas luces la más original y estrambótica que había recibido en esos casi catorce años, no pudo replicar nada. Sonrió y pensó para sus adentros que lo normal en ese caso hubiera sido encontrarse al perro en la puerta de casa, con las patas traseras cruzadas para aguantar aquello que pedía a gritos salir.

Así que sin rechistar, le colocó arnés y cadena y casi a la carrera salieron a la calle.
No sé si es perceptible el cambio en los rasgos de un animal, pero mirándole a la cara, ese hombre intuyó y juraría que sin hablar, ese perro le decía:

“GRACIAS”





jueves, 19 de marzo de 2015

Ser padre


¡Qué palabra más corta esa de padre! ¿Verdad?

Sin embargo, penetrando en su significado, la madeja de hilo que podríamos formar, sería inmensa.
Los años desde que uno es padre, pasan igual para todos. No pasan en balde jamás, pero también con el paso de los años uno va macerando recuerdos, vivencias y sentimientos que van llenando poco a poco una hermosa alforja de vida en familia.

Padres los hay a millones, no es nada difícil serlo, pero sentirse plenamente realizado con lo que ello conlleva, no es tarea tan sencilla.
Porque ¿qué es ser padre en lo más profundo de esa acepción?

Ser padre es jugar a ser niño mientras ellos no paran de jugar a ser mayores.

Ser padre, es desvelarse con sus desvelos. Acompañar sus risas, llorar por dentro las lágrimas que dejan resbalar por sus mejillas; sentir su dolor como propio, sus ilusiones como mías, sus fracasos como mis derrotas.

Es no perder nunca ese olor a piel rosada de recién nacido; seguir acurrucándolos y dejándonos acurrucar sin mirar años, canas ni arrugas.
Es seguir dando vueltas y vueltas en un corro repleto de patatas aunque las piernas no obedezcan como antaño.

Mirar con sus ojos, escuchar lo que ellos escuchan, anhelar lo que ellos sueñan y seguir jugando a un escondite en el que siempre nos dejaremos encontrar.
También significa guiar a quien camina solo; educar, perseverar en unos principios, enseñarles a ser justos, a perdonar, a pedir perdón, a amar la cultura, a desechar enemigos que se ven y aún más a los que no se ven; a tener abiertos los ojos y aún más abiertos los oídos; a discernir atendiendo a una conciencia que nunca debiera jugarles malas pasadas; a creer en amistades de verdad y a no arruinar vidas por miedo a soledades.

Ser padre, es todo eso y un millón de cosas más.
Yo soy padre; lo tuve y lo sigo teniendo fácil para serlo. No tengo más mérito que el de aquel que por suerte o por una bendición de mi buen Amigo, puede presumir orgulloso de tener unas hijas que en el mejor de los sueños, nunca pensé merecer.

Por eso hoy, ayer y pasando una eternidad, daré gracias a Dios por esos tres regalos que tengo en casa. Dos que me siguen llenando la cara de besos llamándome padre, papa, papi o papá y aquella que no pudo traer a mi mundo mejores regalos.
Intuyo hoy músicas, risas, brindis y besos.

 Y quisiera compartir felicitaciones con todos aquellos que fueron, son y serán padres, haciendo una mención especial a un señor que sin estar a mi lado siempre está conmigo y al que siempre con orgullo, seguiré llamando “papá”.

viernes, 4 de julio de 2014

Faltó un punteo

Los fríos, truenos y relámpagos de este “verano” madrileño, creo que están causando estragos en el cerebelo o bulbo raquídeo de algunos de sus habitantes. No encuentro otra explicación posible a lo que mis ojos y antes mis gafas, han llegado a contemplar camino como siempre de mi bendito curro.

Ya hablé en su día de ese proyecto de músico por el que no pasan los años, y por desgracia, tampoco una apisonadora que acabara por fin con un sufrimiento colectivo de todos aquellos que amamos la buena música, o al menos, las buenas intenciones que tienen muchos por interpretarla.

La escena, es siempre la misma. Su vestuario, prácticamente idéntico si exceptuamos quizás algún nuevo sombrero emulando a Elton John o tal vez a Frank Sinatra y que forma parte de la parafernalia diaria de este anodino personaje.
Su música, no ha variado. Siguen siendo las mismas versiones de versiones disfrazadas de nuevos des-“arreglos” que siguen llenando de tristezas compungidas nuestros ánimos mañaneros.

Pero hoy, ha ocurrido algo en cierto modo sobrenatural e inaudito. Digno del mismísimo Iker Jiménez. Algo que ninguno de los avezados y veteranísimos transeúntes de esa estación de metro, podíamos llegar a imaginar.

Apoyado en la pared, frente a ese desecho de virtudes, se encontraba el primer espectador de su arte que jamás hayamos visto.
Un chico joven, aparentemente bien vestido. Con una pierna encogida, apoyando la planta del pie derecho en la pared y acompasando con su movimiento, lo que era imposible de acompasar.
Me fijo en su cara y contemplo un rostro extasiado, de mirada perdida en un infinito de unos tres metros y con una sonrisa divertida. De esas que no sabes exactamente si es debida a una situación graciosa o porque una mano invisible le está apretando los genitales con dudosas intenciones.

El caso, es que allí estaba. Y era feliz; completamente feliz.
Juro y perjuro, que si llega a coger una guitarra imaginaria acariciando sus cuerdas, yo le hubiera acompañado con la mía de doce mástiles.

Pero faltó un punteo.




lunes, 19 de mayo de 2014

Maldito sensor




Es muy discutible que los avances tecnológicos sean necesarios o no en nuestra sociedad. Soy de los que opinan que todo lo que sea ayudar al ser humano a ser más feliz, bienvenido sea. Pero ser más feliz, no creo que se consiga necesariamente con esos avances de la tecnología y me explico.

No hace mucho que acudí obligado a uno de esos lugares públicos que sólo visitamos en determinadas circunstancias. Uno de esos lugares en los que ya sea de pie o sentados, expulsamos lo materialmente insano de nuestro cuerpo.
 
Pues bien; uno está acostumbrado primero a mirar si el habitáculo o estancia es la correctamente marcada para hombres, mujeres o niños.
 
Los carteles que lo anuncian, cada vez los hacen más complicados; señores con bigote, mujeres floreadas, imágenes picassianas o estrambóticos dibujos. No quiero pensar el lío que se puede organizar si quien los usa es el último ganador del Festival de Eurovisión (con todos mis respetos, porque además, creo que ganó con toda justicia y no es merecedor de las críticas que ha tenido).

Pero a lo que iba. Una vez localizado el correcto, lo siguiente es poder ver lo que hay al otro lado de la puerta y para ello, nada mejor y completo que pulsar un interruptor, pulsador o lo que muchas veces hemos llamado como la llave de la luz. Y ahí es donde mis nervios comienzan a florecer. No encuentro ese interruptor antes de entrar.
Entonces, mi inteligencia va más allá y piensa que debe encontrarse dentro y cercano al marco de la puerta; pero mi gozo en un pozo, porque tampoco. Sorpresa mayúscula cuando al atravesar completamente el quicio, se hace repentinamente la luz, evitando así sacarme del idem.
¿O sea, que esto funciona por sensores de movimiento? ¡Qué adelantados, pensé!
Nada que pulsar, nada que buscar. Como por arte de magia, tú te mueves y las estancias se iluminan. Lo que no haga el hombre…
 
Mi visita allí era para sentarme y no precisamente a pensar. Y en esas estaba, cuando repentinamente, esa luz que iluminaba mis esfuerzos, se apagó.

Conozco algo de esos sistemas y sé fehacientemente que al menor movimiento, el sensor lo detecta y la luz regresa.
Pero esta vez, no volvió. Mover los brazos, la cabeza, el tronco o las piernas, no fue solución para dejar de sentirme como Stevie Wonder. Y tampoco era el mejor momento para bailar en la oscuridad como Springsteen.
Así que yo que en algunas ocasiones me ahogo en cuarto y mitad de un vaso de agua, comencé a sentir más angustias que las propias del motivo que me hizo acudir allí.
Y para colmo, no uso mechero porque no fumo y tampoco tengo los años para llevarlo y ofrecérselo a alguna hermosa mujer con “sanas intenciones”.
Menos mal, que aún dentro de la más completa oscuridad, pude encontrar ese papel salvador en el que escribimos inmundicias y como buenamente pude, me recompuse del susto inicial y salí de ese infame cuartucho.
 
¡Qué alegría y a la vez frustración cuando en la antesala de ese habitáculo, se hizo automáticamente la luz!
Lo primero que me vino a la mente fue “¡Ahora! ¿no? Hijo de la gran…”
 
Pero como mis padres me enseñaron que no debía decir palabrotas, salí de allí con la mayor dignidad posible, pero con el desquiciante recuerdo de un maldito sensor que a punto estuvo de provocar que se me fundieran los plomos.
¡ FELIZ Y LUMINOSA SEMANA !



jueves, 8 de mayo de 2014

Al pelo

No sé si debido a que abrí más el grifo de la caliente, del vapor generado, o simplemente que mi cerebro llegado a estos inicios primaverales comienza a desvariar como habitualmente me tiene acostumbrado desde hace tantos años.
El caso es que en plena ducha relajante y llegado el momento del lavado de cabeza preceptivo, esta vez, me fijo en la etiqueta del champú en cuestión que utilizaré.

No soy maniático de marcas, prospectos, opiniones ni presuntos milagros de estos champús.

En el pasado siglo, lavarse la cabeza, era más o menos como ver la televisión. Eran pocos los canales a sintonizar, así como eran pocas las variedades de champú a utilizar.
 
Para cabello normal, graso, con caspa y poco más.
Si utilizaba anti-caspa, puede que desapareciera, pero daba la bienvenida a la grasa. Era hora entonces de utilizar uno anti-grasa, para pasar al normal y volver al poco tiempo a tener caspa. En ese círculo vicioso me estuve moviendo durante muchos años.
 
Llegaron casamiento, hijas, perro, canarios y perico y por ese baño han pasado toda una clase teórica y práctica de estos remedios milagrosos que nos invitan a dejarnos unos pelos de cine o anuncio publicitario de melena al viento.
Ya no se busca la higiene en sí, sino que además estos champús de hoy en día, pueden llegar a cambiar tu forma de vida, tu idiosincrasia e incluso tu propia personalidad de una manera que me atrevería a adjetivar como de “drástica” y me explico:

¿Te sientes inseguro? Utiliza uno para cabello “Limpio y controlado
 
¿Tienes un día mimosín? Entonces el tuyo es el “Suave, sedoso e hidratante
 
¿Te miras al espejo y te das cuenta que los años no pasan en balde? Dos refriegas de “Antiedad”.
¿Siempre quisiste tener los pelos de Leif Garrett aunque los tuyos sean tan lisos como un encefalograma plano? No lo dudes y usa el maravilloso “Rizos perfectos”.
 
¿Problemas de barriga, extrema delgadez, o contrahecho? Nada mejor que uno “Para darle cuerpo”.
¿Piensas que no existe solución? Siempre un “Reparador”.
 
¿Frío, calor, quemazón? Uno con “Acondicionador”.
¿Te gustaría tenerlos como escarpias? El maravilloso “Diamante fuerza extrema”.

¿Pecador con cargo de conciencia? Un “Purificante”.
 
¿Si eres mujer y de perfil tu sombra es sólo una línea vertical? No lo dudes, “Liso seductor”.

¿Más bien chapuzas, pero buena persona en general? Siempre uno que “Repara y protege”.
 
¿Eres de esas personas que aún en invierno bajas las ventanillas del coche para atronar calles con tu música? Que no te quepa la menor duda, que el tuyo es “Volumen extra”.

¿Hoy más que nunca quieres dejar el pabellón bien alto? Corre a por un “Regenerador de puntas”.
 
Y así algunos otros que más allá de higienizar nuestros cabellos, hacen de nuestra vida un mundo casi perfecto.
Por eso, tras un día ciertamente difícil y estresante en el trabajo, sólo pude sonreír cuando pensé que por una vez y sin que sirviera de precedente, el champú que tenía entre mis manos, me venía al pelo cuando leí en doradas letras:

Encrespado



martes, 3 de diciembre de 2013

El pájaro cantaba


Entre el letargo de un ligero sueño acrecentado por el vaivén y el calor del vagón diario de mi diario tren, despierto por el sonido inconfundible de un pajarillo que con su piar corto pero intenso, me extrae de mis ensoñaciones.

No era el lugar en el que esperaba escuchar el canto de un ave. Pero, sí, allí estaba, a mi izquierda. Su dueño era un joven de aspecto desaliñado, que celosamente, protegía su mascota ante las miradas atentas de los que como yo, atendíamos el reclamo de su animalillo.


Su semblante (el del joven) cambiaba de serio a intrigado, de enfadado a risueño y de risueño a carcajeante, con cada piar de su querido pajarito, mientras lo acariciaba con sus hábiles dedos.

El pájaro, cantaba; el pájaro piaba en una secuencia cada vez más rápida y consecutiva.

Cuarenta minutos de reloj entre piares y cantos, entre risas y alborozos.

Así bajé de un tren con el firme propósito o promesa de que si algún día coincido con el mismo desaliñado y su animalito cantarín, desenfundaré mi recortada y de un certero disparo, le volaré la tapa de los sesos a ese infame pájaro mensajero del whatsapp.









lunes, 11 de noviembre de 2013

Mochileros

Muy temprano, entre la marabunta de los bajos de la gran ciudad, salimos de los trenes todo un grupo de mochileros buscando la salida con destino a la obligación diaria.

Más o menos somnolientos, alegres, callados o parlantes, pero todos con un rumbo fijo.

Mochilas y personas de todos los colores, alturas y anchuras. Variopinta muestra de gentes plebeyas que seguramente al menos hoy y en su mayoría, preferían haberse quedado algunas horas más bajo mantas y sábanas calientes.

Pero la obligación es la obligación y nos echa de la cama.

Escaleras mecánicas, pasillos, más escaleras y bifurcaciones.

Una última encrucijada antes de salir y todo el grupo menos yo, coinciden en marchar por el mismo lado. Parece que se hubieran puesto de acuerdo en abandonarme. 

No entiendo bien por qué, si entre ellos y yo, sólo existe una ligera diferencia de unos treinta y cinco años.




jueves, 24 de octubre de 2013

Hay miradas


Hay miradas tiernas y angelicales





Miradas sorprendidas






Miradas de deseo






Miradas de envidia o rencor






Miradas maternales




Miradas tristes





Miradas perdidas






Múltiples tipos de miradas...









                                                                                                        Pero guárdate siempre de aquellas miradas 

que no sabríamos definir…








jueves, 1 de agosto de 2013

El color es lo de menos

En un mundo tan dispar; donde las tendencias se hacen modas y las modas costumbres, me reafirmo en mi condición y valores tradicionales.

Quizás no estén actualizados mis ideales, pero por más que los tiempos nos lleven por otros derroteros, debo y quiero seguir proclamando que me gustan todas sin que por ello deba enfadarse mi media naranja ni ningún colectivo contrario al mío. Nací así y así espero morir.

Es más; mi mujer sabe que el día que no me fije en una, éste que escribe, oculta un oscuro secreto y alguna verdad.

Nadie me puede pedir que si veo una con buen cuerpo, no me fije en ella.

Las cosas hermosas, se hicieron y se conservan para contemplarlas y eso es precisamente lo que yo hago, sin más intenciones que las de una sana admiración aunque en ocasiones también llenen mi cabeza oscuros pensamientos.

Me decanto quizás por las de tez más clara, aunque en un momento de deseo desbocado, cualquiera puede satisfacer mis bajos instintos.

Agarrarla por la cintura, arrimármela y saborear hasta sus entrañas, es un placer que en un caso así, incluso no me importaría compartir con alguno o alguna que piense como yo y no le importe adentrarse en una verdadera vorágine u orgía de sensaciones.

Porque aunque ya no sea esa primavera que dicen que mi sangre altera, este verano, sus calores y tanta provocación a mi alrededor me arrojan a un mundo de desenfreno en el que ya no miro el color, porque rubias, morenas, castañas o cobrizas, me gustan todas.


















P.D. Con las mujeres, me pasa casi exactamente lo mismo...




martes, 5 de febrero de 2013

A vosotras


Dentro de lo denominado santoral, hoy es un día especial porque se considera a Santa Águeda, como la patrona de las enfermeras y en general, de todas las mujeres.

No tengo especial devoción por esta santa, pero sí por todas las mujeres.

No creo que exista en este mundo, algo más bello ni puñeteramente hermoso y enrevesado que la mujer y creo que se hacía justo y necesario un pequeño homenaje en un día como hoy.

Para todas ellas, para todas vosotras, seáis más o menos creyentes, más o menos altas, guapas, jóvenes o de cuerpo escultural, rubias, morenas  o pelirrojas, casadas o solteras, voluptuosas o de tímidos senos, pechos, tetas o melones, mi más sincera felicitación por ser como sois.

Y pensando en una canción que os hiciera justicia, nada más clásico, genuino e intemporal, que este temita…

¡FELICIDADES!



                      

P.D. Hoy y sin que sirva de precedente, incluiré en la felicitación, a todas las suegras del mundo y brindaré con una copa de vino... 

domingo, 4 de noviembre de 2012

El debate


Cuando oficialmente ha quedado inaugurada la temporada de enfriamientos, destrozos de gargantas o gripes acechantes y uno parece que sin saberlo había adquirido alguna entrada, las noches pueden hacerse eternas.

Hoy ha sido una de esas. Si añadimos que al malestar general se ha unido un colchón que ha dejado de ser anatómico para convertirse en anatómico-forense, comprenderéis que mis recuerdos de esta noche, se acerquen más a una noche toledana, que a una plácida noche getafense.

Así que tras varias horas de duda, ni corto aunque sí muy perezoso, cuando aún las farolas en la calle seguían encendidas, me he trasladado conmigo mismo, una fina manta y mi fiel amigo de cuatro patas, a ese sofá de salón que tantas y tantas veces nos acogió con cariño.

El escenario cambió totalmente. El sueño que por más que busqué no paró de esconderse, ahora parece que se deja atrapar. Incluso una fina, pero persistente lluvia, se convierte en mi aliada con su relajante repiqueteo en la ventana.

Todo fue como un espejismo en el desierto, porque cuando pensaba que mi nocturna suerte cambiaba, una amiga que me acompaña desde chiquitito, casi sin querer, me susurró al oído:

“Creo que vamos a tener que irnos”

Yo intenté convencerla de que no. Que no era necesario, que estábamos como nunca y podíamos retrasar alguna hora nuestra partida mientras los sueños nos envolvían dulcemente.

Pero ella cortó de raíz este intercambio de pareceres con una de esas frases que no dejan espacio a la menor duda:

“O nos vamos ahora, o tu vieja vejiga hará que revientes”

Fin del debate.


miércoles, 3 de octubre de 2012

Ángel

De regreso a casa, con mis auriculares que me aislan con su música del mundanal ruido, soy uno más de esos cientos de viajeros que en un tren se alejan del trabajo en la gran ciudad.

Poco que contar y escasas las emociones que en un medio así nos suceden a lo largo de los años. Caras la mayoría de cansancio, algunas de preocupación y en su mayor parte impregnadas de un ambiente rutinario.

Por eso hoy, me fijé especialmente en un detalle que atrajo mi atención.

Una joven plácidamente sentada, leía un libro con aparente pasión. Trasiego de gente en la primera parada y un señor de cierta edad, que recorriendo el vagón, no encuentra un asiento libre. Ella lo ve y rápidamente le ofrece el suyo con una hermosa sonrisa.

Su libro, su mochila y su cazadora, no fueron obstáculos para ejercer esa profesión tan denostada hoy en día llamada civismo.

Pero no contenta con ello y tras conseguir no sin esfuerzo un nuevo asiento, no tuvo ningún reparo en volver a cederlo esta vez a otra joven apoyada en una muleta. Y además, regalándole otra de sus hermosas sonrisas.

Dicen que los ángeles son seres hermosos de hermosos rostros.

Si es así, soy un tipo muy afortunado, porque yo hoy he visto uno.


miércoles, 12 de septiembre de 2012

Golpes


Cuatro adultos, dos parejas, dos matrimonios bajaban por una calle desierta a altas horas de la madrugada dejando atrás la algarabía de un encierro popular de reses en una de tantas fiestas patronales de la geografía española.

Esa noche, dos cosas unían a esas parejas. Una, el conocerse desde tiempos casi inmemoriales y por otro lado, bajar esa calle a carcajada abierta, sin recato, sin vergüenza, rememorando lo que minutos antes podía haber sido un golpe de graves consecuencias y que al final sólo se convirtió en un gran susto y ligeros moratones en rodillas y costillares.

Uno siempre confía en la destreza y preparación física de los demás. Más aún si se trata de un amigo al que minutos antes había observado realizar correctamente el ensayo general de salto de valla de poco más de un metro, causante del incidente.

Pero una cosa es hacerlo en los ensayos y otra diferente, hacerlo con público delante, incluida la propia esposa del infortunado saltarín.

El impulso inicial, resultó correcto, pero aún hoy no sabemos a ciencia cierta si un pie remolón se quedó atrás, si fue el otro el que se adelantó o fue un verdadero cruce a la remanguillé de brazos y piernas, los que provocaron la hecatombe.

El caso es que ese cuerpo voló por los aires, dejando tras de sí una pierna por un lado, dos brazos por el otro y una cara de estupefacción en aquellos que no dábamos crédito a lo que estábamos viendo.

Del susto inicial, se pasó a la relajación tras escuchar las palabras tranquilizadoras del aprendiz de gimnasta. Y lo siguiente, fue un torrente de carcajadas incontrolables.

Era imposible sujetar las risas de cuatro jóvenes cincuentones. Más aún cuando bajando esa calle, nos percatamos del silencio sepulcral que provocamos en varias decenas de jóvenes que practicaban su fiesta con el preceptivo botellón. Ese silencio se me quedó grabado y más si cabe, cuando un joven alto, rubio e incluso guapo, se me acerca intrigado y me pregunta al oído:

“¿Tío, vas borracho?”

 Si ellos supieran que en Londres no acabaron las Olimpiadas…

Porque aquí hubo un gran salto de puntuación extraña:

            Impresión artística:                                    9,6
            Ejecución del salto:                                   -5,2
            Dictamen general por salto y risas:     irían borrachos     

Y la reflexión que me surge, es que para una sonrisa, una risa o una estruendosa carcajada, no debería haber nunca edades.

Vivamos siempre con una sonrisa en los labios y que los años vayan pasando a “golpes” de carcajadas. 


Descanso estival

  2 de julio de 2026, jueves para más señas, la manada que formamos marido, mujer, perro fiel, perra cariñosa, gata siamesa y un servidor, s...